Los Fernández de Córdoba y la Compañía de Jesús en Córdoba

Frente a la torre de “Santo Domingo” destaca la sobria facha de la iglesia de “La Compañía”, a la que se accede mediante una escalera de doble entrada. En la fachada de ladrillo abre una portada enmarcada en pilastras y los escudos de Castilla y León junto al de la casa de Cabra, testimonio de la colaboración que prestó el deán Juan Fernández de Córdoba, al ceder su palacio para el establecimiento en Córdoba de la orden fundada en Roma el año 1534 por el guipuzcoano San Ignacio de Loyola y aprobada por Paulo III en 1540.

Los jesuitas llegarían a Córdoba en el año 1540, de la mano de San Juan de Ávila, conocido como el “Apóstol de Andalucía”, pues desde Córdoba organizaría las “misiones de Andalucía” que se extenderían por Extremadura y parte de La Mancha; en su apostolado recorrería las principales ciudades andaluzas influyendo en San Juan de Dios (posterior fundador de la orden hospitalaria), hasta entonces laico. En la ciudad de Córdoba ejercería gran influencia para la creación de centros escolares, como los colegios de Santa Catalina (junto a la iglesia de la Compañía) y el Colegio de la Asunción, hoy Instituto Góngora. La fundación de Córdoba sería la primera de Andalucía de la orden Jesuita.

San Juan de Ávila

Juan de Ávila realizó una importante labor religiosa y educativa en Córdoba y Montilla, ciudad ésta a la que se retiró, ya enfermo, en 1554 y en la que fallecería en 1569. Renunció a una vida de lujo ofrecida por la marquesa de Priego, viviendo en pobreza en una casa que ésta le cedió. En el año 2012, el papa Benedicto XVI lo nombra “Doctor de la Iglesia Universal” y patrón del clero español.

Su obra más importante en la ciudad sería la creación de un centro jesuita, con una gran iglesia y un centro de enseñanza, para lo que consigue los apoyos de la marquesa de Priego, Catalina Fernández de Córdoba y del deán Juan Fernández de Córdoba. Aunque ambos poseen el mismo apellido, su antepasado común hay que buscarlo cien años antes, era Gonzalo Fernández de Córdoba Ruiz de Biedma (1330-1385), I Señor de Aguilar y de Priego, su hijo Alonso quedaría con la casa de Aguilar y de Priego, mientras que Gonzalo formaría la de Cabra y Baena. Catalina pertenecía a la primera línea y Juan a la segunda. Con respecto al Gran Capitán, Catalina era nieta del VI señor de Aguilar, Alonso, hermano mayor de Gonzalo. Juan era hermano de Luis Fernández de Córdoba y Zúñiga, IV conde de Cabra.

La historia de los dos Fernández de Córdoba que colaboran con San Juan de Ávila es digna de mencionar. Catalina Fernández de Córdoba y Enríquez (1495-1569) era la hija mayor, de seis hermanas, de Pedro Fernández de Córdoba, I marqués de Priego, al no tener éste descendencia masculina, Catalina heredará sus títulos y posesiones quedando una mujer al frente de uno de los estados señoriales con mayor poder político y económico de Andalucía, siendo la casa de Aguilar una de las familias más poderosas del reino de Castilla en el siglo XV e inicios del XVI, por lo que ella se convertiría en una de las personas con mayor poder de la nobleza castellana cuando aún estaba soltera, pues no se casó hasta un año más tarde con Lorenzo Suárez de Figueroa, conde de Feria, uno de los linajes más importantes de Extremadura, pero Catalina, una mujer del Renacimiento, no hizo de su condición de mujer un obstáculo, con el fin de perdurar uno de los linajes más relevantes de Castilla en los inicios de la Edad Moderna, en las capitulaciones matrimoniales, entre otras condiciones, se contempla que el apellido Córdoba y sus títulos anejos se perpetuarían siempre en lugar preeminente a los de Feria en el primogénito varón que naciera de ese matrimonio, Lorenzo se comprometía a llamarse en adelante Lorenzo Suárez de Córdoba y de Figueroa, titulándose, por este orden, marqués de Priego, conde de Feria y señor de la casa de Aguilar.

Marquesado de Priego

A los diez años de matrimonio muere Lorenzo, por lo que a partir de ese momento la marquesa de Priego asume el papel de mujer emprendedora con el desarrollo de una política de aumento del poder de su familia, basado en la compra de diversos bienes que acrecentaron el patrimonio de la casa, en la fundación de mayorazgos y obtención de mejoras sobre los ya existentes, así como en la creación de una gran cantidad de fundaciones eclesiásticas (sobre todo, en Montilla, donde apoyó a los jesuitas de manera incondicional). Mantuvo una intensa relación espiritual con Juan de Ávila y fray Luis de Granada, a quienes tuvo por consejeros. Vivió desafiando los cánones de su tiempo como mujer, dejando ver otra cara del mundo femenino de la época. Falleció con 74 años en Montilla, está enterrada en la “Basílica de San Juan de Ávila” de esta localidad, donde también se encuentra este santo.

Con respecto al deán Juan Fernández de Córdoba y Zúñiga (Baena, ¿? – Córdoba, 1565), también conocido como Juan de Córdoba, era hijo del III conde de Cabra y señor de Baena, nieto del conde de Cabra que capturó a Boabdil en la batalla de Lucena en 1483. Al ser segundo en la línea sucesoria se le asignaría desde muy joven una carrera eclesiástica y en 1517, siendo niño, es nombrado abad de Rute, al lograr su padre la bula de confirmación pontificia de la magna capellanía o abadía que había fundado en Rute, considerársele el fundador de este municipio cordobés, gracias a su gran labor refundadora y repobladora.

Edificio de las Escuelas Pías, antiguo palacio del deán Juan de Córdoba

Se doctoraría en derecho en la Universidad de Salamanca y tras pasar un año en Roma (1524), al regreso su barco naufragó a la altura de Ibiza, siendo él uno de los pocos supervivientes. Al año siguiente heredará el señorío de las villas de Rute y Zambra. En 1530 sucedió a su tío como canónigo doctoral (asesor jurídico) de la Catedral de Córdoba. Sin duda fue una de las figuras más poderosas, carismáticas e influyentes de la Córdoba del siglo XVI, aunque no consiguió ser nombrado obispo. Mantuvo grandes disputas con Leopoldo de Austria, obispo de Córdoba entre 1541 a 1557.

Vivió una vida de riqueza y ostentación impropia de su puesto, siendo un ejemplo de una parte del clero del Renacimiento. En su palacio, de la actual plaza de La Compañía, vivía con su amante y sus hijos, sus criados y esclavos, rodeado de riqueza y una amplia biblioteca.

A pesar de su vida de placeres, fue notable la labor caritativa y asistencial que llevó a cabo, muy especialmente con los niños huérfanos y expósitos, a los que recogía en casas de su propiedad, educaba y buscaba futuro, pagándoles el aprendizaje de un oficio o la dote para casarse o entrar en un convento.

Escudo del deán en la portada de su casa

A él se debe la fundación del Colegio de Santa Catalina de la Compañía de Jesús, pues donó su palacio, así como buena parte de su biblioteca, rentas, muebles y ornamentos litúrgicos, tomándolo en propiedad los jesuitas, representados por San Francisco de Borja, el 24 de enero de 1554. A partir de entonces se erigió en protector incondicional de los jesuitas. Falleció, ya anciano, el año 1565, y ordenó ser enterrado en la iglesia del colegio que había erigido en su antiguo palacio.

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