
Albucasís desemboca en la plaza «Judá y Leví», la cual atravesaremos, así como la calle «Manriquez», para llegar a la calle «Medina y Corella», que debe su nombre al canónigo José de Ayuda Medina y Corella (Zaragoza 1726 – Córdoba 1804), fue nombrado Arcediano de Pedroche y canónigo de la Catedral de Córdoba. Desde niño su la familia lo destina a la carrera religiosa, apoyado por su tío, el arcediano Juan Francisco de Ayuda y Medina. En el año 1745 con el fin de suceder a su tío como arcediano de Pedroche (arcediano era el canónigo que ejercía jurisdicción bajo las órdenes del obispo en una parte de la diócesis), se traslada a Córdoba, viviendo con su tío. Este cargo de arcediano estaba en propiedad en la familia Medina desde que el obispo Alonso de Medina y Salizanes (1675-1685), se la dio a su sobrino Francisco de Medina Requejo, iniciador de la dinastía de arcedianos de Pedroche de los Medina.
Ese mismo año presenta las bulas de coadjutoría con futura sucesión en el arcedianato de Pedroche y la canonjía propiedad de su tío. El año siguiente el Cabildo le daba la posesión de dicha coadjutoría y tras la muerte su tío ese mismo año, volvía a presentarlas en petición de la provisión en propiedad de las prebendas, lo que el Cabildo concedió, con la obligación de que el joven arcediano se ordenara conforme cumpliera la edad necesaria. Así, después de recibir las órdenes menores y el subdiaconado en diciembre de 1746, en marzo de 1749 fue ordenado de diácono y en diciembre de presbítero (que ha recibido la tercera de las órdenes sacerdotales mayores).
A lo largo de su vida, José Medina y Corella se convirtió en uno de los personajes más influyentes de la Córdoba del siglo XVIII, lo que redundó su carrera, y el ascenso social que su familia. De este modo, fue obteniendo los cargos de visitador de Córdoba en 1771, juez subdelegado del Tribunal de Santa Cruzada, subdelegado apostólico, teniente vicario general de los Reales Ejércitos de Mar y Tierra, y provisor y gobernador general del Obispado durante la sede vacante entre 1787 y 1790. En cuanto al ascenso social de la familia, se centró en su hermano menor, Manuel Medina y Corella, a quien puede considerarse hechura suya, pues todo lo consiguió gracias a los cuantiosos ingresos y a los poderosos lazos del arcediano en la corte, llegándole a conseguir el título de conde de Zamora de Riofrio.
Entre las diversas comisiones que le fueron encomendadas, destaca su actuación como diputado de Hacienda (cargo que simultaneó con la colaboración en el Catastro de Ensenada) y del seminario conciliar de San Pelagio, en el que emprendió obras de gran importancia, y para el que logró la exención del sorteo de quintas en favor de los alumnos, el reconocimiento académico del centro mediante su incorporación a la Universidad Literaria de Sevilla, así como el traslado de las reliquias del mártir desde Oviedo en 1798.

A su muerte dejará en testamento trescientos mil reales de vellón para “fundar y establecer en esta ciudad un Monte Pío para socorro de necesitados”. Dado que los herederos no estaban de acuerdo con el testamento, pleitearon contra el Cabildo, no pudiéndose crear el Monte de Piedad hasta el 1 de septiembre de 1864 sesenta años después de su muerte. Buscando que tuviese un apoyo financiero se crearía, años más tarde una Caja de Ahorros, que obtuvo sus Estatutos y Reglamento por Reales Órdenes en 1877 y 1878, creándose “El Monte de Piedad del sr. Medina y Caja de Ahorros de Córdoba”, que con los años pasaría a denominarse “CajaSur”. En 1995 se fusionaría con la “Caja Provincial de Córdoba”, propiedad de la Diputación y en el año 2010, tras la crisis de las cajas de ahorro españolas, se hace con ella la entidad bancaria vasca BBK.
El patronato del Monte de Piedad se constituyó con los seis canónigos que ocupasen las dignidades de Arcediano, Deán, Doctoral, Lectoral, Penitenciario y Magistral. Teniendo la primera sede, año 1864, en la actual calle “Blanco Belmonte”, por entonces “Pedregosa”, en una mansión propiedad de la familia Fernández de Mesa. Luego compró la “Casa de las Tercias” (esquina “Manriques” y “Medina Corella”), propiedad del Cabildo Catedralicio, donde durante mucho tiempo seguiría existiendo el local para empeños del Monte. La primera “oficina principal”, no se abriría hasta 1928, en la calle Ambrosio de Morales y la primera sucursal en la calle Gutiérrez de los Ríos, 58.

La calle “Medina y Corella” recibió el nombre de «Convalecencia», por el hospital que, destinado a dicho fin, se fundó en el siglo XVII. La iniciativa de esta fundación se basó en que, a pesar del relativo alto número de hospitales en la ciudad, éstos eran insuficientes dado su reducido tamaño, por lo que los pacientes debían abandonarlos antes de estar plenamente restablecidos, siendo muy frecuentes las recaídas.
Ramírez de Arellano, en su libro “Paseos por Córdoba” nos dice que esta calle se llamaba por entonces “Convalecencia”, nombre que tomaría del “Hospital de Convalecientes”, que sería luego “Colegio del Ángel” para niños del Coro de la Catedral, cuando él lo escribe en 1873, el edificio estaba incorporado a la “Casa central de expósitos”. También este autor nos narra que el hospital fue creado gracias a la iniciativa del Veinticuatro de Córdoba, don Francisco de las Infantas y Aguayo, que en su testamento de 1616 deja una cantidad para la fundación del “Hospital de San Francisco de Asís” para asistencia de los convalecientes, dejando el patronato al Cabildo Eclesiástico, quien lo deja en olvido, su viuda años más tarde retoma el proyecto incitando al cabildo a crear el hospital, para lo que éste comprará el local que cierra la calleja. Tuvo actividad el centro durante cien años, hasta la fundación del “Hospital del Cardenal Salazar” en 1724, pasando entonces este edificio a albergar el Colegio de Infantes del coro del Cabildo, al que llamaron “Santo Ángel de la Guarda”, que albergaba a catorce niños. Este colegio se cerró con la dominación francesa de inicios del XIX, abriéndose nuevamente el año 1825, y cerrándose definitivamente en 1848, pasando el edifico a casa de vecinos, hasta que la Junta Provincial de Beneficencia lo compra para ampliar la Casa de Expósitos, de la calle Torrijos.


Actualmente en sus locales se encuentra la Filmoteca de Andalucía, creada el 9 de diciembre de 1987 dedicada a la conservación, estudio y difusión del patrimonio cinematográfico de Andalucía, entre otras misiones tiene la de investigación del material audiovisual de temas andaluces, la recuperación y catalogación de este material de producción andaluza, así como su difusión popular. En su interior conserva un precioso patio porticado en sus dos plantas, en estilo mudéjar, cuyos arcos de ladrillo descansan en columnas de piedra.

A media altura de la calle se encuentra una pequeña fuente (construida en 1947) con pilón y frontis de mármol negro, y dos columnas a cada lado.
Al final e la calle, en la fachada del “Mesón el Bandolero”, que anteriormente se llamaba “Mesón del Conde”, un azulejo con una coplilla popular, referida a la siguiente historia:
En el siglo XVII se vivió una historia de amor que tuvo como protagonistas al conde de Cabra, Francisco Fernández de Córdoba y Folch de Cardona y a una viuda, a quien el pueblo llamaba «la viudita». Fue una historia de amor que las estructuras sociales de la época hicieron inviable, pero que quedó en la memoria popular. El conde, que había quedado viudo de su primer matrimonio con una hermana del marqués de Priego, se había enamorado perdidamente de una viuda natural de la localidad de Castro del Río. La relación entre el conde y la viuda acabó en boda, aunque celebrada secretamente al no contar con el beneplácito de los Fernández de Córdoba, que la consideraban socialmente desigual. El matrimonio provocó tal escándalo que hasta el rey intervino en el asunto, quien mandó prender al conde, enviándolo a León, al antiguo hospital de “San Marcos”, en el Camino de Santiago, convertido en cárcel. Posteriormente fue trasladado a Segovia. El conde Cabra continuaba afirmando que doña Mencía de Ávalos era su mujer y que no había de serlo otra. Argumentaba en su defensa que era mujer noble por parte de padre y limpia, en alusión a no tener ascendientes judíos ni musulmanes, por parte de madre. El marqués de Priego, hermano de la primera mujer del conde, lo desafió por haberse casado tan desigualmente. El conde le respondió que su esposa era tan buena como él, que otros habían escogido peores mujeres y que hacía muchos años que la solicitaba «sin haberle tocado una mano». Asimismo, el enlace tenía al duque de Sesa, padre del conde muy disgustado. Del matrimonio nació una niña a la que llamaron María Regina. Ingresó en el convento de las Capuchinas de Córdoba donde trascurrió toda su vida. Al parecer su padre, que era patrono del convento, la visitaba con frecuencia.
Las presiones familiares doblegaron finalmente la voluntad del conde y el matrimonio fue anulado. A doña Mencía se la mantuvo hasta su muerte, ocurrida en 1679, en el convento de Alcaudete donde había sido recluida. El conde contrajo nuevo matrimonio con doña Ana de Pimentel y Enríquez, marquesa de Távara. A diferencia del anterior, que fue un matrimonio por amor, este lo fue por conveniencia. Esta historia de amor frustrada, pese a la resistencia inicial del conde de Cabra, dio lugar a una canción popular que se mantuvo viva en la memoria de la gente, como, acertadamente señala el duque de Maqueda en su trabajo sobre el conde de Cabra y el cancionero popular. La canción decía en su última estrofa:

“Yo no quiero al Conde de Cabra
Conde de Cabra ¡triste de mi!
Yo no quiero al Conde de Cabra
Conde de Cabra, sino a ti”.
A finales del siglo XIX, el maestro Ramos Carrión, al escribir el libreto de la zarzuela «Agua, Azucarillos y Aguardiente», que se estrenaba en el teatro Apolo en 1897, con música del maestro Checa, recordó la canción popular y la introdujo en el coro de las niñeras:
“Ahora la señá viudita
ahora se quiere casar
con el Conde, Conde de Cabra
Conde de Cabra se la he de llevar”.
Años más tarde esa historia de amor también inspiró a Federico García Lorca una obra juvenil, que título “La viudita y el conde Cabra”.




