Capilla 10: Espiritu Santo y altar de San Felipe y Santiago

Aislada se encuentra la última capilla de este muro, la número diez, es la de “Espíritu Santo, San Pedro Mártir de Verona y San Lorenzo”, en ella se encuentra un lienzo que representa el martirio de San Lorenzo. Su fundación data del siglo XIII, con la advocación de San Lorenzo, para pasar posteriormente a la de “Espíritu Santo” y en la actualidad se dedica a San Pedro Mártir.

El techo se cubre con un artesonado similar al de la mezquita,

Entre sus adornos destaca un gran facistol, para los libros de canto en el coro y una cajonera;

En este lugar tiene su enterramiento el prelado Don Pedro Salazar y Góngora, obispo de Córdoba entre 1738 y 1742, quien trajo desde Roma el retablo neoclásico de finales del XVIII, en donde se representan a los apóstoles Pedro y Pablo; como dato anecdótico, el altar de esta capilla es el único de las capillas que no da cara al centro de la Catedral, como es norma en el resto de las capillas.

Frente a la capilla se encuentra un pequeño altar con una pintura que representa a la Concepción con San Felipe y Santiago el Menor, es obra de Antonio del Castillo en 1660. Bajo él una mesa de altar de mármol negro, nos muestra una inscripción relativa a la fundación realizada por don Gonzalo de Saavedra, Marqués de Vilar, en el año 1720, estando labrado su escudo de armas en el centro.

Esta mesa y cuadro se encontraban, hasta finales del siglo XIX, en la capilla de San Felipe y Santiago, en el muro sur de la Catedral, la cual se encuentra desmantelada, motivo por el que pasaría a este lugar el cuadro a principios del XX.

En la esquina suroeste del templo se instala un pequeño museo dedicado a las piezas localizadas pertenecientes a la basílica visigoda del s. VI de San Vicente, sobre la que se construyó la primera mezquita.

Aquí se abre la última puerta del muro oeste, la de San Pedro, y junto a ella se encuentra uno de las mejores pinturas que cuelgan en las paredes de la Catedral “La Última Cena”, una bella pintura de Pablo de Céspedes (1595), quien fuera racionero de la Catedral (Canónigo racionero: el prebendado con derecho a ración, o sea, que dispone de parte de las rentas de la catedral).

Su sitio original, hasta 1912, fue la desaparecida capilla del Santísimo Sacramento o de la Cena, que, situada entre el mihrab y la capilla de Santa Teresa.

De él, algunos autores han afirmado que la disposición de los alimentos sobre la mesa corresponde a un ejercicio simbólico de relacionar sus propiedades con el poder curativo (del alma) de la comunión. Así, las naranjas y limones vendrían a ser un símbolo sanador (se creía entonces que los cítricos eran antídotos de algunos venenos); la sal (vemos delante la presencia de un salero) lo sería de la integridad; y los vasos, de lo frágil que es el ser humano.

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