Ambrosio de Morales

Iniciaremos el recorrido de este barrio en la calle “Ambrosio de Morales”, dedicada al humanista, historiador y arqueólogo cordobés (1513 – 1591). Según se puede leer en la web de la Real Academia de la Historia, de donde sacamos varias biografías, este humanista está considerado “una de las mentes más preclaras del siglo XVI español, tanto por su vasta y heterogénea formación, como por la importancia e innovación de sus investigaciones en el campo de los estudios de índole histórica y arqueológica”. Perteneció a una de las familias más importantes de la cultura cordobesa de la época.

Era hijo de un médico y catedrático de la Universidad de Alcalá de Henares y sobrino de uno de los mejores eruditos del renacimiento español, el también cordobés Fernán Pérez de Oliva quien al regreso de una larga estancia en Roma y París, donde adquirió una profunda formación humanista en los más prestigiosos centros de enseñanza del momento, fue nombrado rector de la Universidad de Salamanca, ciudad a la que se llevó a su sobrino, que tenía catorce años. Al morir su tío, Morales regresaría a Córdoba y en el año 1533 ingresaría en la Orden Jerónima, en el Monasterio de “San Jerónimo del Valparaiso”, en la sierra cordobesa y por encima de Medina Azahara, de la que por entonces se desconocía su existencia. Al igual que su tío, realizan prácticamente toda su obra en lengua castellana, prefiriéndolo al latín, reivindicando como humanista, el uso de la lengua hablada por el pueblo.

En 1550, Ambrosio de Morales obtiene la Cátedra de Retórica de Alcalá de Henares, desde ella comenzaría una fructífera etapa de producción científica, con la que llegaría a alcanzar las cotas más altas de la intelectualidad española de la segunda mitad del siglo XVI, labor que compaginaría con la instrucción en su casa a jóvenes de la alta sociedad, como Juan de Austria.

Sobre el año 1559 empezó a recibir encargos reales, pues Felipe II había hallado en él a un erudito al servicio de la Corona, estableciéndose entre ambos una relación de confianza y fidelidad mutua que se materializaría en el año 1563, con el nombramiento de Morales como cronista real. Otro encargo regio fue la búsqueda y expurgo de manuscritos y de obras impresas para la recién constituida biblioteca de El Escorial, entre ellas las de la biblioteca del obispo de Plasencia, en la que se encontraban entre otros el códice “Emilianense de los Concilios” (obra del obispo Sisebuto,  entre los años 976 y 992). Contiene la colección completa de los concilios españoles y los cánones de todos los concilios generales. Incluye también, entre otras el Fuero Juzgo. Editó las obras manuscritas del mártir cordobés San Eulogio, que habían sido descubiertas en la catedral de Oviedo, Morales escribiría un importante tratado sobre el origen de su ciudad natal “De Cordubae urbis origine situ et antiquitate”.

El gran mérito de Ambrosio de Morales como historiador es la elaboración de la “Crónica de España”, continuación de la iniciada por Florián de Ocampo, para ello utiliza la documentación arqueológica y archivística obtenida durante su viaje investigador por España, donde recopiló crónicas, anales y diversos documentos históricos de gran valía, intentando estudiar in situ las piezas, observándolas y analizándolas con gran detalle. Sus estudios se publicaron dos siglos más tarde con el nombre de “Relación del viaje que Ambrosio de Morales Chronista de S.M. hizo por su mandato el año de 1572 a Galicia, Asturias y León”. Gracias a este inventario pudieron salvarse muchos códices y documentos de una destrucción segura, al ser trasladados gran parte de ellos a la Biblioteca Real de El Escorial.

Morales convenció a Felipe II para hacer unas “relaciones” de la historia y topografía de los pueblos de España. Unos comisarios nombrados por el Rey fueron los encargados de seleccionar a las personas más adecuadas de cada localidad para responder a un cuestionario en el que se solicitaban datos toponímicos, demográficos, arqueológicos, históricos, políticos, administrativos, heráldicos, jurisdiccionales, eclesiásticos, geofísicos, sobre recursos naturales, territoriales, patrimonio civil y eclesiástico y varones ilustres. Esas respuestas, las “Relaciones” sobre más de setecientos pueblos españoles, se compendiaron en ocho volúmenes; muchas de las notas y dibujos de inscripciones aportados los utilizaría en la redacción de su “Crónica”. La enorme labor compiladora iniciada por Morales no hubiera sido posible que alcanzara la magnitud y con la minuciosidad, de no ser por la gran aportación de datos que numerosos estudiosos coetáneos le facilitaron. Diseñaría una compleja red de amigos y colaboradores, versados en cuestiones históricas y amantes de las antigüedades para llevar a buen fin el proyecto en el que se vería inmerso hasta el final de su vida.

La obra de Florián de Ocampo quedó interrumpida en la crónica del momento anterior a la conquista de Hispania por Roma, el cronista cordobés la continuaría desde del año 209 a. C. Las fuentes escritas clásicas y tardo-antiguas fueron uno de los pilares esenciales en sus investigaciones, estudiaría a autores como Plinio, Plutarco, Estrabón, Isidoro o Gregorio Magno, en búsqueda de información fiable donde apoyar sus argumentaciones históricas, que cotejaba con los datos procedentes de la observación y estudio directo de los testimonios arqueológicos. Morales con este método procuró superar a la historiografía tradicional clásica y medieval, estableciendo un parangón con las fuentes directas histórico-arqueológicas. Los autores que anteriormente habían utilizado y valorado las evidencias arqueológicas lo habían hecho como complemento ocasional a su investigación y sin someter dichos restos a un adecuado análisis y examen racional. La numismática sería para él uno de los principales instrumentos de investigación, le interesaban especialmente las leyendas de las monedas, donde podía encontrar los nombres antiguos de las ciudades de Hispania.

Polifacético humanista, Ambrosio de Morales además de traducir obras del griego como la Tabla de Cebes, también trabajó en biografías de santos, comenzando, hacia 1541, una memoria en latín sobre los santos hispanos.

Con motivo de la “Rebelión de las Alpujarras”, en 1568, dos años más tarde Felipe II decide instalar la corte por unos días en Córdoba para finalizar con la rebelión. Coincide que por entonces se habían descubierto los restos mortales de varios mártires cordobeses en el templo de San Pedro, hay que tener en consideración que el monarca era fanático de las reliquias religiosas, en este viaje sería acompañado a Córdoba por Ambrosio de Morales.

En el año 1582 se retira a Córdoba por motivos de salud, viviría en el “Hospital de San Sebastián”, frente a la Mezquita-Catedral, en donde fallecería el 21 de septiembre de 1591.

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