Arrabal de Sacunda

El margen izquierdo del Guadalquivir, en la zona cercana a la Torre de la Calahorra, en tiempo islámico era el arrabal de Sacunda. Durante el gobierno del emir Al-Hakem I (796-822) aquí convivían árabes, bereberes y muladíes (cristianos que vivían en territorio musulmán), existía un gran descontento por su economía y la presión fiscal. En el año 818 un miembro de la guardia dio muerte a un armero del zoco, parece ser que el soldado no quedó muy satisfecho por el trabajo del artesano y, tras una discusión, lo atravesó con su espada, esto fue el detonante para que se produjera una sublevación del arrabal, tras años de menosprecio por ser considerados ciudadanos de segunda y varias subidas de impuestos decretadas por el emir de Córdoba. Sus vecinos intentaron tomar la ciudad ocupando el puente, mientras un grupo del ejército vadeó el río y los atraparon por la espalda, el arrabal fue arrasado, arado y sembrado, murieron unas tres mil personas de forma violenta y otras trescientos ejecutadas mediante crucifixión. El resto, se calcula en 20.000, fueron desterrados de al-Ándalus. Este hecho fue llamado “la matanza del arrabal”.

Varios autores han tratado el caso de “los cordobeses que ocuparon Alejandría y Creta en el siglo IX”, uno de ellos es Javier Sanz Pérez, en la web “historiasdelahistoria.com”. donde nos narra “Cuando los cordobeses ocuparon Alejandría y fundaron una dinastía en Creta”. Según escribe, tras la sublevación del arrabal de Secunda y su destrucción, los desterrados cruzarían el estrecho, unos se establecieron en la ciudad marroquí de Fez, donde fundaron un barrio al que se llamó Madinat al-Andalusiyyin, “la ciudad de los andalusíes”. Otro importante contingente de los exiliados, llamados rabadiíes se estableció en las proximidades de Alejandría, allí aprovecharon las circunstancias pues años antes, en el 809 y tras la muerte del califa abasí de Bagdad, las disputas entre sus descendientes por ocupar su puesto debilitaron el poder central de Bagdad. Cuando llegaron a Alejandría los rabadíes se encontraron en medio de una disputa por la ciudad entre los abásidas y tribus bereberes norteafricanas, se unieron a los bereberes, y se hicieron con Alejandría. Poco a poco fueron ganando terreno y apartando del poder a los norteafricanos hasta hacerse con el control de la ciudad. Durante casi 10 años Alejandría fue una especie de república independiente cordobesa en medio de un territorio controlado por los abásidas. Como esa situación era insostenible, en el año 826 aceptaron la propuesta del nuevo califa por la que, si le entregaban la ciudad, les permitirían abandonarla con todas sus pertenencias y les proporcionaría barcos para establecerse en la isla de Creta.

La isla de Creta no pertenecía al Califato, sino al Imperio bizantino, su gran rival en el Mediterráneo, pero el califa supo jugar sus cartas para que los rabadíes se apoderasen de ella, tras apoyar una revuelta para desestabilizar a los bizantinos. aprovechando ésta, el contingente de rabadíes con 40 barcos proporcionados por el califa y unas 10.000 personas, tomaron la isla sin muchos problemas y se quedaron en ella. Al frente de los cordobeses estaba Abú Hafs Umar al-Ballutí (el Bellotero), llamado así por ser natural de la comarca conocida como Fash al-Ballut (Llano de las Bellotas) hoy, “Los Pedroches” (Córdoba). fundador de una dinastía cordobesa hereditaria que se mantuvo independiente hasta 961.

Los cordobeses fundaron Khandaq (posterior Candia y actualmente Heraklion), una ciudad fortificada y rodeada por un foso, que hizo las veces de capital, y desde donde se gobernaba la isla.  Acuñaron su propia moneda, explotaron las minas, aclimataron a la isla cultivos que no le eran propios, como la caña de azúcar o el algodón, implantaron la cría del gusano de seda y la industria sedera, fueron capaces de crear una civilización floreciente, en el terreno económico y en el cultural, a imagen y semejanza de su Córdoba natal. Una vez organizada la política interior, para detener el continuo acoso de los bizantinos y romper los intentos por dejarlos aislados, los rabadíes tomaron dos decisiones cruciales: armar una poderosa flota que les permitiese enfrentarse a los barcos imperiales, que a la vez les permitía asaltar otras islas menores y controlar el tráfico marítimo de esta zona del Mediterráneo, manteniendo intercambios comerciales y culturales con Bagdad, Alejandría y al-Ándalus.

Dada la imposibilidad de recuperar la isla por la fuerza, el emperador Teófilo llegó a enviar una embajada al emirato de Córdoba para que les parase los pies a aquellos piratas «paisanos» suyos. La respuesta de Abderramán II fue devolver la visita de cortesía, pero nada más. Tras derrotar muchas derrotas bizantinas, el general Nicéforo Focas, futuro emperador Nicéforo II, se puso al frente de la mayor flota de toda la historia fletada por los bizantinos para tomar la isla. En 961, tras un asedio de 10 meses, caía Khandaq y con ella, toda la isla, dando comienzo una encarnizada matanza, acompañada de saqueo y destrucción para borrar de la isla todo rastro de aquellos cordobeses. Prueba de ello son los trescientos navíos que partieron de Creta rumbo a Constantinopla cargados de arte y riquezas: alfombras, tejidos de seda e hilos de oro, armas de oro y plata, relieves en piedra, lámparas y puertas talladas en bronce. Entre los pocos supervivientes, a la batalla y al posterior baño de sangre, estaba el emir Abd al-Aziz al-Qurtubí (el Cordobés) que, siglo y medio después, todavía seguía haciendo honor a su origen. El emir y su hijo fueron llevados a Constantinopla para ser exhibidos como trofeo durante la celebración del triunfo de Nicéforo.

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