Campo de la Verdad y Batalla de los Piconeros

En el año 1386 el rey castellano Pedro I se alía con Mamad V, rey de Granada, para tomar Córdoba, ya que la ciudad había tomado parte por su hermanastro Enrique de Trastámara, en las luchas por el trono.

D. Miguel Salcedo Hierro, cronista oficial de la ciudad, nos narra que, estando acampado, el rey Pedro, al sur del Guadalquivir, recibiría una comitiva de la ciudad que le prometió las llaves de esta a cambio de respetar las vidas de ancianos, mujeres y niños, no la de los hombres, pues “un cordobés que se precie de serlo, lo primero que le enseñan cuando alcanza el uso de la razón es a saber morir dignamente”.

A estos, según la leyenda, el monarca respondería:

Sois unos maldecidos y unos cobardes! …¡Yo soy vuestro legítimo rey, y os juro por lo más sagrado que no conoceré ningún tipo de perdón para vosotros! ¡Ni para vuestras madres, hijas o esposas! ¡Y yo os digo que no tendré misericordia para con ninguna de ellas! Después de hacerlas cautivas, las que lo merezcan serán cedidas como esclavas a mis aliados, los musulmanes de Granada! ¡Otras pasarán a ser de plena propiedad y uso de mis guerreros! ¡Y, en conjunto, las que a mi me apetezca habrán de ser pasadas a cuchillo, para recibir muerte infamante! ¡Cuando tome la ciudad de Córdoba, he de llenar el pilón de la fuente de la Plaza Mayor con tetas de cordobesas!.

Al regresar la comitiva a la ciudad y contar la entrevista, la ciudad se prepararía para el asalto y la mayor parte de las mujeres se unirían a la defensa de la ciudad, consiguiendo, tras dura batalla que llegaría hasta los mismos adarves de la muralla, repeler el asalto.

En la espera de la batalla final, por la ciudad se propagó el rumor de que el responsable de la defensa, el adelantado de la frontera y señor de Montemayor, don Alonso Fernández de Córdoba, iba a renunciar a la lucha, por lo que su propia madre, doña Aldonza López de Haro, ante el resto de los caballeros que custodiaban la ciudad y cuando éste se dirigía hacia sus tropas, le inquirió:

“¡Hijo mío! ¡Desengañadnos claramente de vuestro propósito! Tenéis que acallar los afrentosos rumores que aseguran que vais a todo menos a luchar, porque deseáis entregar nuestra querida y hermosa ciudad, y a todos nosotros, a los terribles desmanes del feroz rey don Pedro.

Ante esto, don Alonso respondería, señalando los terrenos al otro lado del río: “¡Señora! ¡Todo está decidido: vamos al campo y allí se verá la verdad”. Por lo que desde entonces la zona al sur del río Guadalquivir, frente al Puente Romano, recibiría el nombre de “Campo de la Verdad”.

En esta batalla tuvieron gran importancia los piconeros (oficio que se dedicaba a la fabricación de picón), quienes con sus hocinos (herramienta parecida a la hoz, pero más fuerte, con un largo mango, utilizada para cortar leña), se enfrentaron a las tropas atacantes, y gracias a la destreza en el manejo de sus hocinos, cortaban los corvejones de los caballos, que daban con el jinete en tierra, al caer, un infante lo mataba. Por esta razón a la mencionada batalla también se le denominó como “Batalla de los Piconeros”, nombre que actualmente lleva una calle del barrio.

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