
Junto a la pared sur de la Mezquita. en la esquina del edificio del fotógrafo Garzón, se inicia la calle «Corregidor Luis de la Cerda», aunque realmente la numeración de sus edificios empieza al otro extremo.
Luis de la Cerda fue una persona que ostentó el cargo de Corregidor de Córdoba por dos años desde 1522, fue quien se opuso a la iniciativa del obispo Alonso Manrique de Lara de construir una Catedral en el interior de la Mezquita, pues entendía que el valor artístico y arquitectónico del edificio musulmán merecía permanecer impoluto, para ello en 1523 dicta un bando, que se conserva en el Archivo Municipal, en el que se amenazaba con pena de muerte a quien variase la configuración arquitectónica de la Mezquita, por lo que el obispo excomulgó al corregidor y el Cabildo recurrió ante el rey Carlos I, quien autoriza la obra y retira la excomunión.

La leyenda cuenta que, tras este incidente, en una visita a la ciudad y visitar la Mezquita, el Emperador exclamó, “He consentido hacer una obra que podría haberse realizado en cualquier lugar, en un sitio único”, pero esto no es más que una leyenda. Lo que si es cierto es que el obispo Manrique, tenía muy buenas relaciones con el monarca, pues había sido obispo de Badajoz, nombrado por Isabel la Católica, a cuya muerte defendió la casa de Austria contra el rey Fernando, por lo que fue encarcelado. En 1509 sería indultado y pasaría a los Países Bajos, siendo profesor de Carlos I de España, quien, tras tomar posesión del reino de España, le nombra obispo de Córdoba (1516), por entonces una de las mejores diócesis del país.
Esta es una larga calle que nos lleva desde la “Plaza del Triunfo”, hasta el final este de la Medina. Ha tenido diversos nombres, en el siglo XIV se llamaba “Mayor de Santa María”. En el plano de 1811 aparece dividida en varios tramos, recibiendo nombres distintos cada uno, el tramo tras la Mezquita era “Vallinas”, el siguiente, hasta la esquina de Alfayatas, recibía el nombre de “Cordoneros” y el último tramo “Puerta de la Pescadería”. En el plano de 1984 toda la calle aparece con el topónimo de “Carrera el Puente”. En el plano de 1915 aparece con el mismo nombre, pero solo hasta la esquina del “Alfayatas”, desde donde cambia a “Cardenal González”, nombre que tomaría toda la calle desde el plano de 1927, hasta inicios del siglo XXI en que se le pone el actual del corregidor que posiblemente fue la primera autoridad que declara por escrito la protección a un monumento histórico.


El nombre de «Vallinas», como aparece en 1811, es posible que lo tomara de un mesón abierto en ella, actualmente toma este nombre un hotel y restaurante, que conserva en su interior unas columnas, al parecer romanas, que podían pertenecer a una edificación construida a inicios de nuestra era en este mismo lugar.
El topónimo de “Cardenal González”, se refiere al asturiano Fray Ceferino González, quien ocupó la silla episcopal cordobesa entre 1875 a 1883, perteneciente a la orden de Predicadores, iniciaría la restauración de los templos históricos de la diócesis. Llegaría a Córdoba siendo obispo de Málaga, en 1883 fue nombrado arzobispo de Sevilla, un año más tarde se le otorgaría el cargo de cardenal y sería nombrado en 1885, arzobispo de Toledo y primado de España.
Gracias a los trabajos del cronista oficial de Córdoba, Julián Hurtado de Molina, en el año 2021, se ha localizado en esta calle, en los números 73 y 75, y en el espacio entre las calles “Canónigo Torres Molina” y “Caño” el lugar donde estuvo la denominada Casa de la Penitencia, una institución para las personas que habían sido condenadas a penas privativas de libertad. El Santo Oficio compró tres casas en 1552 a un canónigo de la Catedral de Córdoba, Fernando Alonso de Riaza, y las unió en una sola para que funcionase como algo parecido a una prisión.

El Tribunal condenaba de diversas formas a los que juzgaba, los que se llevaban la peor parte, los condenados a la hoguera, eran entregados a la justicia civil, la Iglesia no quemaba a nadie, sino que dictaba la pena capital, que luego la justicia real se encargaba de ejecutar. A otros los condenaba a “privación de vienes”, algo que también se les aplicaba a los condenados a muerte. Y otros, los condenados por blasfemia, adulterio o amancebamiento pasaban en la Casa de la Penitencia, unos cinco años. Los presos podían salir para trabajar y recibir visitas, porque las condiciones eran mucho más suaves que en el Alcázar, el lugar al que se conducía a los detenidos para interrogarlos, antes de comparecer ante el tribunal y a la espera de sentencia.
Tras cerrarse como Casa de la Penitencia, el edificio ha pasado por diversas funciones, lo que ha hecho que se pierda parte de la estructura del siglo XVI, se conservan varios patios, en torno a los cuales estaban las celdas de los condenados. La Inquisición lo ocupó desde finales del siglo XVI, pues aquí cumplían su pena los reos ya condenados a prisión.

Según describe Hurtado de Molina el edificio, tendría una entrada alargada para el acceso de carros y ganado, que llegaba a uno de los patios.
Cuando se llenaban las celdas, se ampliaba con estancias en una casa del Arco del Portillo y en la Casa de las Bulas, actual Museo Taurino. Eso era a finales del siglo XVI y principios del XVII, los momentos de mayor actividad y por lo tanto cuando más sentencias de dictaban. A partir del XVIII la Inquisición lo que buscaba sobre todo era impedir la llegada de libros que la Iglesia consideraba no apropiados, en todo o en parte, y que o bien se expurgaban o bien incluso se quemaban. Los autos de fe se fueron terminando.
El último alcaide de la casa de penitencia de Córdoba se nombró a comienzos del siglo XIX. Para entonces la estancia estaba casi abandonada y las ideas liberales casi habían sentenciado a la Inquisición.
Dejamos el tramo tras la Mezquita para continuar la calle, en la esquina con “Caño Quebrado”, podemos ver que aún conserva el nombre de “Cardenal González” y bajo él un azulejo con un topónimo antiguo, “Calle de la Herrería”, pues esta calle durante el medioevo recibiría varios nombres a largo de su tramo según los oficios que allí se localizaban, el siguiente era «Torreznos», por la venta de tocino y la existencia de casas de comidas.
Tras el incendio sufrido por el zoco musulmán en el siglo X, cercano a la “Puerta de Sevilla”, la actividad comercial y artesanal se trasladó a esta zona y sus calles adyacentes, como demuestran las toponimias que conservan muchas de ellas, Alhóndiga, Bataneros, Zapatería Vieja, Cordoneros, Alfayatas, Arquillo de Calceteros, Badanillas, Pimentera,
Hasta la reforma urbanística de finales del siglo XX la calle “Cardenal González” fue uno de los centros de las casas de prostitución en Córdoba, junto con “Cercadillas”, lugares por donde estaba prohibido el paso de niños y “personas decentes”. La prostitución es uno de los negocios más antiguos de la historia y por tanto en Córdoba ha existido desde la dominación romana, con los “lupanares”. En el siglo XV al ser Córdoba la zona de partida y refugio para la toma de Granada, el movimiento de tropas era grande, cosa que hizo aumentar estos negocios, que se concentraban cerca de este lugar, la actual calle “Enrique Romero de Torres”, junto a la “Plaza del Potro”, era la “Mancebía”.
Tras desaparecer los antiguos gremios artesanales que operaban en estas calles, la zona fue ocupada, a finales del siglo XVIII por la etnia gitana, figurando en el plano de 1811 la actual calle “Cara”, con el nombre “de los gitanos”. Dada la penuria económica de éstos, motivó un aumento de la prostitución en la zona. A mediados del siglo XX, los prostíbulos de la zona eran casas muy deterioradas y pequeñas, a inicios del XXI aún quedaban algunas casas muy pobres, cerca de la calle “Cabezas”.
La portada del edificio 73 es dintelala, de estilo renacentista.

En el número 69 se encuentra una taberna, “La Manuela”, que en el 2023 sustituyó a la histórica “El Tablón”, abierta en 1890 con dicho nombre. “El Tablón” conservaba sus antiguas estanterías, la barra y su “piquera”, de forma simbólica, el patio de la casa era el restaurante. El nombre de “tablón” se dice que lo tomó de una historia popular que cuenta que unos carpinteros transportaban una gran tabla, se pararon en la taberna y se emborracharon, al salir volvieron a coger el tablón al hombro yendo, dando vaivenes, y alguien dijo «vaya tablón que llevan«, al parecer desde entonces se dice “llevar un tablón” el ir borracho. El nombre de la taberna también puede referirse al “tablón” que hace de dintel en la puerta, actualmente oculto.

A pocos metros, tras una calleja sin salida, la calle se estrecha, haciendo esquina una antigua casa, transformada hoy en alojamiento turístico de lujo; conserva algunos elementos históricos.
Continuamos y veremos como la calle vuelve a ensancharse a la izquierda con una esquina en curva con un portón, tras él una amplia zona sin edificar, era donde se encontraba la “Alcaicería”, figurando aún en el plano e 1811. Las Alcaicerías (“Al-qaysaryya”), en al-Ándalus, eran los lugares donde se autorizaba a comerciar, al por mayor, con la seda bruta. El mercado de la seda, desde el siglo V estaba en manos del pueblo árabe, pues Justiniano le había concedido el derecho a este comercio. Tras la llegada del pueblo árabe a Córdoba, la ciudad jugó un papel muy importante en este comercio. Las ciudades españolas que poseían una alcaicería eran Sevilla, Granada Toledo y Córdoba.
Con los años el comercio de la seda decreció y las alcaicerías pasaron a ser los mercados de los productos textiles, aunque la seda siguió siendo el objeto fundamental de venta. Tras la llegada de los cristianos a al-Ándalus, no se rompió del todo la cultura árabe, algunas de ellas continuaron, más aún con el regreso de los moriscos, una de ellas fue el comercio en las alcaicerías, la de Córdoba tenía una superficie de 1500 m2 de superficie donde habría un centenar de tiendas y talleres, con la presencia de orfebres, zapateros, traperos, sederos, chapineros, esparteros, soladores, herreros, etc.

Esta zona de la calle aparece en el plano de 1811 con el nombre de “los Cordoneros”, nombre de los artesanos dedicados a la elaboración de cordones y otros artículos de cordonería textil.

A nuestra derecha nos sale la plaza de la «Alhóndiga” y a la izquierda la calle “Alfayatas”, continuamos y en el número 51 se encuentra el “Hamman Al Ándalus Córdoba”, la casa posee una portada adintelada renacentista, en su interior se encuentra el primer negocio de baños al estilo árabe (hamman), que se abrió en Andalucía; posee tres baños, frio, templado y caliente, y el cliente puede recibir un masaje para relajarse.
El último tramo fue denominado en el medievo de la «Pescadería» y «Arquillo de Calceteros» por dedicarse gran parte de sus vecinos a la confección de prendas de punto, sobre todo media y calcetas, y existir en este lugar un arco hasta el siglo XIX.
Los edificios de esta calle son de muy diversa época, algunos conservan restos arqueológicos, como los que hemos visto, o el número 45, donde se encuentra «Bodegas Mezquita», antigua «Taberna los Palcos», en cuyo interior podemos contemplar varios restos arqueológicos del que fuera baño de la «Pescadería», del que trataremos en la calle «Cara»; entre las piezas conservadas podemos ver capiteles de avispero sosteniendo una arcada de ladrillo. Otros, como el 47, posee pilares de hierro forjado, muy utilizado a primeros del s. XX.

Desde finales del siglo XX, cuando ya “Corregidor Luis de la Cerda”, o “Cardenal González”, dejó de ser la calle de la prostitución, la tomaron los comercios turísticos, su final es la calle “San Fernando”, que baja desde “Capitulares”, dejando a su derecha la muralla romana oculta por edificios de poco fondo, estaríamos por tanto en la Axerquía. El final de la calle “Corregidor” coincidiría con la “Puerta de Pescadería”, abierta sobre la muralla romana. En el año 2022, en unas excavaciones en el solar 2 y 4, el arqueólogo Fernando Penco desveló la jamba norte de la Puerta de la Pescadería o Piscatoria. La puerta era de origen romano, su nombre se debía al paso por ella y venta de productos y mercancías se llevó a cabo en esa zona durante siglos. Desde la actual calle “San Fernando”, se accedía a una plaza o mercado en el que se comerciaba con productos, fundamentalmente pescado. Según este arqueólogo e historiador cordobés, “No nos encontramos ante una puerta ceremonial o protocolaria, como entre otras cosas lo fue la del Puente, sino que estamos ante unapuerta de mercaderías, un espacio en el que el flujo y circulación de gentes debió de ser palpitante. En las crónicas musulmanas es poco citada, al-Maqqari recogió esta entre las siete puertas de acceso a la ciudad, identificándola como la Puerta de Hierro o de Zaragoza, e Ibn Idari, por su parte, se refirió a ella al hablar en sus crónicas de la revuelta de Saqunda cuando Abd Alláh, el Valenciano, al frente de un regimiento de al-Hakam, la empleó en una operación envolvente que fue decisiva para la victoria del emir sobre los rabadíes.

Se ha localizado una jamba (elemento vertical ubicado a ambos lados de una puerta o ventana que sostienen un dintel o un arco) con una altura de seis metros, lo que marca su importancia, sujetando un arco que habría el ancho de la calle actual. Por tanto la calle “Corregidor Luis de la Cerda”, debe coincidir con el recorrido de unos de los decumanos romanos.
Fernando Penco, en una entrevista en el Diario Córdoba, nos dice que la zona era un espacio neurálgico y que tanto la puerta como la muralla se hallaban fuertemente defendidas. “Durante las excavaciones, hemos podido constatar importantes reformas tanto en la propia muralla como en la puerta. Una se produjo en la Antigüedad tardía, probablemente entre los siglos V y VI, cuando el paño oriental de la cerca, en su límite sur, se reforzó. La segunda transformación que hemos podido detectar se produjo en laBaja Edad Media, tras la toma de Córdoba por parte de Fernando III. Recordemos que el paño oriental de la muralla fue el que más tardó en caer en manos cristianas, de ahí que se volviese a reforzar», subraya el historiador. Los trabajos han revelado la existencia en el interior de la puerta y del recinto murado de un espacio abierto del que se excavó parte de una solería “gruesa y compacta de mortero de cal” que se introduce bajo la calle Cardenal González y que indica la presencia de una plaza intramuros. A lo largo de la Edad Media, la Puerta de la Pescadería daba nombre al ámbito urbano que la circundaba y que, además de la plaza o el propio recinto defensivo, contaba con baños, zoco, hosterías y mezquita.




