Pasada la capilla de San Juan de Ávila se encuentra la maxura y el mihrab, espacio que hasta el siglo XVIII ocupaban las capillas de “San Pedro” y “de la Cena”, donde se encontraba el cuadro de Pablo de Céspedes.

Tras este espacio nos encontramos con la única capilla que se cierra mediante una puerta de madera, con una portada de mármol rojo y negro donde se abre un arco de medio punto sobre el que se sitúa el escudo del fundador, el Cardenal Pedro de Salazar.
Al lado derecho de la portada cuelga un lienzo con la “Aparición de Santa Leocadia al obispo de Toledo”, fechada en 1603 y pintado por Juan Pantoja de la Cruz, pintor de cámara de Felipe II y de Felipe III, pertenece a una colección de cuadros que el Museo del Prado tiene cedidos al cabildo y que se exponen en este edificio.
En el siglo XIV se encontraban en este espacio las capillas de San Martín y San Andrés, al no darles uso sus patronos, serían cedidas al Cardenal Salazar, obispo de Córdoba entre 1686 a 1706, para la construcción de una nueva capilla funeraria, que debería de servir como Sacristía Mayor de la Catedral.
D. Pedro de Salazar y Toledo (1630-1706), general de la orden de la Merced, ocupó primero la silla episcopal de Salamanca, asignándole en 1686 la de Córdoba, pues esta diócesis era una de las más importantes del país, ese mismo año sería designado cardenal. Él fue quien fundó el Hospital de Agudos, edificio que hoy es la Facultad de Filosofía.

Las obras de esta capilla las realizaría el maestro mayor de la Catedral, el lucentino Francisco Hurtado Izquierdo, quien las finalizó en 1703. Al entrar nos sorprende un amplio espacio octogonal de blancas paredes decoradas con yesería barroca. Se cubre con una cúpula gallonada en ocho sectores, bajo las cuales hay otros tantos de arcos de medio punto en los que se instalan los altares y puertas.

Las tres grandes pinturas son obras del cordobés de Antonio Palomino (Bujalance 1655 -Madrid 1726), representan tres momentos cruciales de la iglesia en Córdoba, “Martirio de san Acisclo y santa Victoria”.


En el segundo cuadro aparece Fernando III representado ya con aureola (fue canonizado en 1671), está recibiendo las llaves de la ciudad de un hipotético rey moro, en primer plano, en la sombra, un personaje que tiene iluminado el brazo y la mano nos introduce en la escena, se representa la Calahorra, el puente, el crucero de la catedral y la torre, construida tras la toma de la ciudad. Como la conquista se hace el 29 de junio, día de San Pedro y San Pablo, Palomino representa a San Pedro hablando con San Francisco y a San Pablo hablando con Santo Domingo, pues tras la conquista, el rey Fernando entrega a los dominicos el convento de San Pablo y a los franciscanos, San Pedro el Real, actual iglesia de San Francisco.

El tercer momento es la “Aparición de San Rafael al padre Roelas”, el cardenal era devoto del Arcángel. Haciendo un zigzag desde la zona inferior del cuadro, se representan a unos ángeles portan el juramento que hace el Arcángel a Roelas, a continuación al sacerdote orando, mirando hacia el cardenal, el cual reza al Arcángel que con un dedo señala la urna de los mártires portada por ángeles; en la parte alta, San Pedro señala a San Acisclo, el cual se encuentra de espalda y con la espada que lo decapitó.

La sala se decora con un conjunto de esculturas de madera realizadas por José de Mora, representan a San Ramón Nonato, San Agustín, San Francisco de Asís, San Bernardo, San Pedro Nolasco, Santo Domingo, San Antonio de Padua y San Francisco de Paula.
Preside la capilla una imagen de Santa Teresa de Jesús, obra de José de Mora, s. XVIII, instalada en el retablo neoclásico, y cuyo sagrario fue traído desde Roma por el Cardenal. La imagen tiene girada la cabeza para mirar una paloma, representa al Espíritu Santo inspirando a la Santa de Ávila. La puerta del sagrario cuenta con un relieve dorado hecho en bronce que representa el Sepulcro de Cristo y que es obra del orfebre italiano Virgilio Castelli.
Por la sala corre un zócalo de mármol rojo, procedente de la localidad cordobesa de Carcabuey.

El mausoleo del Cardenal, realizado en mármol blanco y negro, es una obra conjunta de los escultores Teodosio Sánchez de Rueda, Domingo Lemico y Juan Prieto, bajo un proyecto de López Hurtado, quien se inspira en los sepulcros papales de Bernini. En él se representa al cardenal en posición orante bajo un dosel sostenido por pequeños ángeles, se puede leer una inscripción en recuerdo a su preocupación por atender a los pobres.
La capilla posee dos puertas gemelas, una junto al sepulcro, con un lienzo de la Asunción, da acceso a la cripta, a la cual se baja por una escalera de tres tramos en mármol rojo de Carcabuey, obra también de Ruiz Izquierdo.



La cripta ocupa la planta baja de la capilla, es de forma elíptica decorándose con abundante yesería, que dividen a la cubierta y a las paredes en ocho sectores, sobre estas se instalan otros tantos altares, dos de ellos, relicarios, son obra de Sánchez de Rueda, mientras que los tres son de Juan Pompeyo, y se dedican a San Eulogio, la Aparición de la Virgen, San Fernando, la Transverberación de Santa Teresa, el martirio de San Zoilo y a la Inmaculada Concepción.
Subimos de nuevo a la capilla, para fijarnos en la otra puerta gemela, esta con un lienzo de la purísima Concepción, la puerta da acceso a dos salas en donde se expone el “Tesoro Catedralicio”, un conjunto de obras de orfebrería de diversas épocas. Del conjunto orfebre, la pieza principal es la custodia de Arfe que preside la capilla. A esta espléndida custodia y al tesoro se dedica una página independiente.



